jueves, 2 de febrero de 2012

Cartas, de Saul Bellow



CADA VEZ MÁS GRANDE

Saul Bellow
Cartas

Edición de Benjamin Taylor.
Traducción de Daniel Gascón.
Alfabia
Barcelona, 2o11

“La fuerza de la virtud de un hombre o su capacidad espiritual se miden por su vida ordinaria”, se leía en Herzog, una de las obras maestras de Saul Bellow, de cuya vida cotidiana sabemos hoy mucho más gracias a la feliz aparición de esta portentosa recopilación de setecientas ocho Cartas, un verdadero acontecimiento literario que convierte a su autor en alguien todavía más hondo, más malicioso y más genial de lo que ya habían demostrado sus novelas, cuentos y reseñas.
A partir de ahora nadie podrá negar cuál era la principal motivación de todos esos textos. Según el editor de este volumen, Benjamin Taylor, “sus protagonistas son intelectuales, pero esos intelectuales descubren lo débil que resulta su sabiduría cuando irrumpe la verdadera vida. […] Que otros chapoteen en el nihilismo si les agrada; para Herzog la vida sigue siendo lo que era para Keats: el valor de fabricar un alma” (p. 17), algo que Bellow confirma en una carta de 1961: “los escritores que creen que hay un mar de los Sargazos de vómito en el que debemos vagar están obligados a afrontar la belleza. Para negar eso, tendrías que negar tus instintos como escritor” (p. 298), y que explica, por ejemplo, lo poco que tuvo que decirse con Samuel Beckett en el único encuentro que tuvieron, a principios de los ochenta (p. 16). A Bellow le movía el optimismo, la fe en la existencia, una vitalidad que se desborda incluso en sus páginas más desengañadas o iracundas. Se enfada con quienes no saben vivir, con quienes no lo hacen con intensidad, con quienes no soportan que él sí quiera disfrutar. “Descubrí hace un tiempo que nada me impediría decir lo que pienso” (p. 504), escribe a Philip Roth, y entiende que “sólo hay una forma de derrotar al enemigo, y es escribir lo mejor posible” (p. 214). Su apuesta por la felicidad y la verdad es a veces demoledora: “En realidad, nunca he dejado de buscar lo auténtico; y a menudo encuentro lo auténtico. Caer en la desesperación sólo es una forma elegante de volverse un imbécil. Yo elijo reír, y no me río de mí mismo menos que de los demás” (p. 700), y a veces se apoya en una especie de predeterminismo positivo (“uno nunca puede lamentar el curso que ha tomado su vida. Siempre hay razones totalmente buenas por las que no podría haber ocurrido de ninguna otra manera”: p. 478), porque lo cierto es que no todo fue siempre fácil en su vida (“¿Y qué es la vida sin unas cuantas ansiedades graves? Algo incompleto”: p. 303).
“Fracasa contigo mismo y fracasarás en todas partes”, advierte antes de cumplir los treinta años (p. 87), y a la altura de 1960 ya sabe que “un tiempo hermoso es su propia recompensa” (p. 271). Le cuenta a John Berryman que “Don Quijote es hermoso como ningún otro libro que yo haya visto nunca” (p. 234), y años antes ha recomendado a Bernard Malamud para una beca con el argumento, tan vigente, de que “la mayor amenaza para la escritura en nuestros días es la amenaza del conformismo” (p. 180). “Tendremos que esperar y ver si aparecen buenos escritores. Con pocas excepciones, la gente de talento que he conocido durante los últimos treinta años no ha mostrado mucho espíritu. Tras una temprana exhibición de cualidades parece haber poco más que amor al estatus” (p. 400).
Si leerle resulta tan reconfortante es porque él no era de esos que utilizan sus manuscritos como papel higiénico en el que desahogar su asco o intentar contagiar su tedio, que casi siempre es síntoma de estrechez de miras: “La única cura segura es escribir un libro. Yo tengo uno nuevo sobre la mesa y todas las demás penas se han ido. Ésa es la forma que adopta ahora cualquier rechazo a ser infeliz, y supongo que me salva de una negativa meramente obstinada. Porque no es sólo por uno mismo que hay que rechazar cierta alternativa. También es porque le debemos algo a la vida” (p. 277). Él, simplemente, era inteligente, y tuvo además el don de saber explicarse como pocos, manejando las palabras de un modo que con feliz frecuencia alcanza lo glorioso: “No te preocupes por esto y aquello: esto y aquello no importan demasiado en la suma final” (p. 514).
La magnífica traducción de Daniel Gascón (sé que lo es porque desde la primera página uno se siente como en casa: en ese hospitalario y reconocible "estilo Bellow" que conocemos gracias a otros traductores) se hace cómplice del espíritu del autor, y entre los dos nos ofrecen un volumen lleno de sabiduría y amor por la verdad, o amor por el amor (“Janis me cuida como a una planta, y de vez en cuando recibe la recompensa de una flor”: p. 616). “Para ser realmente bueno, uno de los mejores, uno debe adquirir una especie de normalidad tolstoiana que nadie pueda desafiar” (p. 344), acierta a decir, pues en contra de lo que creyó en masa alguna generación anterior a la suya, sencillez y genialidad son muy buenas amigas.
Así, “la escritura debería derivar de la Creación y no intentar sumarse a ella. Deberíamos exigir que las cosas fueran cada vez más sencillas, cada vez más grandes” (p. 204). Sencillez y grandeza es lo que encontrará el lector en cada una de las cartas de este libro maravilloso. Tratándose de Bellow, la alegría se da por descontada.

[Reseña publicada hoy en Artes & Letras [Heraldo de Aragón], p. 8]

domingo, 29 de enero de 2012

Mário de Carvalho



MÁRIO DE CARVALHO

Mário de Carvalho es la encarnación perfecta de la amabilidad desde el momento en que aparece por las escaleras del hotel madrileño que será suyo esta noche. Sonríe mucho menos que su prosa, tan traviesa y juguetona, pero, como casi todos aquellos seres que lo han pasado muy mal, disfruta con todo, desciende a los detalles sin dejar de mirar el cielo, no deja de hacer preguntas a quienes quieren entrevistarlo. Titubea con el castellano pero, como un poeta, busca ser exacto en todos los idiomas.
Ha venido a España para hablar de su novela Fantasía para dos coroneles y una piscina, recién publicada por la editorial zaragozana Xordica, pero en el tercer minuto de conversación nos está contando que sus nietos quinceañeros son muy aficionados a la literatura beatnik, en el cuarto ya estamos hablando de poesía sueca (Carvalho estuvo exiliado dos meses y medio en Lund, tras otros dos meses y medio en Francia, donde lo pasó peor porque carecía de documentos) y los siguientes los reserva para preguntar por todos los platos que ofrece la carta del restaurante.
Come sorprendentemente poco, pero necesita su dosis de café negro. Antes ha querido saber si podrá conocer a Lourdes Eced (traductora de su novela), ha recorrido con preocupación la geografía mediterránea de la crisis (Grecia, Italia, España, Portugal, ¿Francia?) y ha explicado su aversión por el tomate mientras Jesús Posada, ex ministro de agricultura, devora verduras a la plancha en la mesa del fondo. Está al tanto del cambio político en España y lamenta la extraña y enorme distancia que hay entre nuestros dos países, que ni siquiera viven enfrentados sino de espaldas uno del otro. Él mismo ha venido muy pocas veces por aquí, y siempre fugazmente, y no sabe por qué. Seguro que no deja de preguntárselo hasta que encuentre una buena respuesta.

(Semblanza publicada en Artes & Letras [Heraldo de Aragón], nº 362 (22 de diciembre de 2o11), p. 9.)

lunes, 19 de diciembre de 2011

'Derrota y restitución de la modernidad', de J. Gracia y D. Ródenas



LO QUE NUNCA SE ACABA

Jordi Gracia y Domingo Ródenas, Historia de la literatura española. 7. Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010, Barcelona, Crítica, 2011.

La literatura no sólo crece y se amplifica naturalmente día a día, sino que va complicándose, liberándose y haciéndose más escurridiza y amorfa, más silvestre y proteica, menos obediente. Muchos libros de hoy llegan con la voluntad, a menudo explícita, de dificultarnos su colocación en las secciones de las librerías o en los estantes de nuestras bibliotecas, y ése es un fenómeno insolente y feliz, aunque no siempre admirable, porque siempre será mejor una novela de corte clásico bien pensada y escrita que una hueca gilipollez, por rupturista e “intergenérica” que pueda pretenderse. Y es que la novela, sí, es la opción literaria más tradicionalmente capaz de transgredir la tradición, la más libre e ilimitada. Si un martes un crítico obtiene una definición “definitiva” de lo que es y puede llegar a ser una novela y de cuáles son sus normas y confines, el miércoles un novelista ilustrará con una nueva obra que esa acotación era insuficiente, lo cual es consolador, porque demuestra que la literatura estará siempre por encima de la filología, y que ésta está al servicio de aquélla, y jamás al revés, como parece que querrían algunos profesores.
Paradójicamente, “novela” o “poesía” son conceptos mucho más difíciles de definir que “literatura”, que las incluye. Ahora José-Carlos Mainer, en su “Prólogo general” a la Historia de la literatura española que está coordinando para la editorial Crítica, ha lanzado una nueva definición, cautelosa pero precisa y convincente: “la literatura, a fin de cuentas, es un conjunto de textos particularmente intencionados acerca de la vida, que nacieron con la pretensión de dejar huella perdurable”. La concisión de esas palabras (que en el tomo reseñado se pueden leer en la pág. VIII) no les impide ser exactas en cuanto a las ambiciones de lo literario, ni evitan la necesaria palabra “vida”, de mala prensa en otros ámbitos críticos más mecanizados, robotizados y, claro, menos vivos y refrescantes.
Hizo bien Mainer en encargar a Jordi Gracia y Domingo Ródenas de Moya el séptimo tomo de este proyecto, pues, si son habitualmente magistrales al escribir cada uno sus cosas, lo que suscriben juntos resulta siempre brillante, y cada vez más. Se admiran mutuamente, y eso ayuda. Pero además se compenetran perfectamente y consiguen un estilo fluido, seguro y práctico que es fruto del apetito con que leen y las ganas con que escriben. Además, la capacidad de síntesis es una de las principales virtudes de un libro que tiene muchas otras: 974 páginas de letra pequeña (menor, de hecho, que la de otros tomos de la serie), caja amplia y estrecho interlineado son en realidad muy pocas para dar cuenta de todo lo que ha sucedido en la literatura española en un periodo tan dilatado y complejo como 1939-2010, y sobre todo cuando no se limitan a nombrar y dar listas, sino cuando hay una voluntad de explicación y argumentación que resulta exitosa, por suficiente, y que maneja, comprime y mastica una cantidad abrumadora de bibliografía general y específica (que no se cita en el cuerpo del texto ni en notas sino, muy espigada, en apéndice final). Es, pues, más que lo que se entiende por “manual”, un relato perfectamente articulado y nada superficial que no sólo abarca sino que aprieta mucho cuando es necesario. E incluso, hasta donde era espacialmente posible, hay equilibrio y sentido de la proporción al abordar la obra de los distintos autores según su relevancia, aunque en general los autores más recientes gozan de unos privilegios que no tienen autores superiores a ellos pero muertos y arrinconados desde hace décadas. Ése es uno de los peligros más espinosos y difíciles de esquivar al enfrentarse a la literatura de ahora mismo: allí está palpitando, sí, la famosa falta de perspectiva, pero también la voluntad de complacer a los escritores vivos, tan atentos siempre a sus comentaristas. Pero Gracia y Ródenas saben que la historia de la literatura es la historia de los textos literarios, no la de los escritores, y que importa estudiar y tratar de entender todo lo que se escriba, se publique y circule, que todo es relevante y sintomático, aunque no deje de ser una lástima que una narración tan apasionante y sabrosa como la que ellos hacen de esos años haya de terminar atendiendo a ese estéril y analfabeto chapapote textual del “afterpop” o la “pospoesía”.
Es otro aspecto que tal vez merezca destacarse: en general, y no creo que sea debido a mis intereses y gustos particulares, este libro es no sólo más convincente sino más fascinante cuanto más se remonta en el tiempo: tanto Gracia como, sobre todo, Ródenas nos han enseñado también muchas cosas sobre la “Edad de Plata” (concepto que aquí utilizan a conciencia, ya sin necesidad de explicación, así que definitivamente parece que ese marbete se queda entre nosotros), pero aquí, en un primer bloque panorámico titulado “Historia y sistema literario”, comienzan en la luctuosa primavera de 1939, desde la primera literatura de la derrota (amedrentada), la victoria (decepcionante) y el exilio (libre y sobresaliente), pasando por las diferentes promociones del interior, repasando géneros, movimientos, editoriales y revistas a través de las décadas (con la formación de una creciente y “paradójica literatura democrática sin democracia”) hasta llegar por fin a la democracia y saltar a la “posmodernidad”. Según explican los autores en la página 11, este repaso (que desplaza las págs. 15-297) es principalmente obra de Gracia (que amplía en cierto modo lo dicho ya en sus libros A la intemperie, La resistencia silenciosa y Estado y cultura), mientras que Ródenas se responsabiliza de las dos primeras partes del segundo bloque, que vuelve atrás con la intención de ilustrar todo lo dicho con juicios detallados sobre algunos “Autores y obras” especialmente significativas. Es entonces cuando se produce esa justa proporción de la que hablaba arriba, pues comienzan con el determinante (también desde el exilio) Juan Ramón Jiménez (que en la pág. 125 había quedado calificado por fin como el “mayor poeta del siglo XX”) y van atendiendo autores y títulos principales hasta llegar a 1975, tras la cual, ya completamente a cuatro manos, rinden demasiadas cuentas a la actualidad, y es ahí cuando se produce alguna asimetría, de modo que algunos narradores a los que nadie leerá dentro de veinte o treinta años se ven casi más glosados, por ejemplo, que Josep Pla, seguramente el mejor prosista español de ese periodo (y no sólo por su obra en catalán, que sería objeto de estudio de otra historia, de otro sistema).
Entre todo, y descendiendo a detalles, también he subrayado en mi ejemplar el moderado pitorreo con el que despachan ciertas vetas de la literatura new age de los primeros setenta (pp. 196-197) o que por fin alguien pueda proclamar “perfectamente razonable preferir a Carpentier, Rulfo, Monterroso o a Vargas Llosa” sobre Cela o Delibes (p. 6), quienes por otra parte no salen después nada mal parados de un libro que no se ensaña contra ningún escritor, y en donde se diría que el mayor correctivo que merecen algunos nombres es, sin más, el de ser omitidos (pero nadie está clamorosamente ausente). Además, uno podría preguntarse maliciosamente si es que Gracia y Ródenas están siempre de acuerdo, y existiría también la tentación de pensar que la lectura de este tomo casi sustituye no sólo la de la bibliografía exegética anterior, sino la de buena parte de las propias obras literarias comentadas, pero lo cierto es que ningún texto sustituirá nunca a otro, por bien resumido o diseccionado o evaluado que esté. Así que, aunque lo hagan tan bien, Gracia y Ródenas no están leyendo por todos nosotros sino que nos ofrecen la mejor síntesis general que conozco de la literatura española posterior a la guerra civil, un libro difícilmente superable, y nos demuestran que se necesitan varias vidas para leer todo lo que merece ser leído, algo que produce a la vez desasosiego, porque no habrá forma de ser exhaustivo, y alivio, porque nunca estaremos solos.

(Reseña publicada en Turia, nº 100 (noviembre de 2o11), pp. 417-420.)

jueves, 27 de octubre de 2011

'El intelectual melancólico', de Jordi Gracia



POR LO QUE PUEDA VENIR

El intelectual melancólico. Un panfleto
Jordi Gracia
Anagrama. Barcelona, 2011. 104 páginas.

En ese homenaje al sentido común titulado La flecha en el aire (Barcelona, Debate, 2o11), Ismael Grasa desconfía con razón del término “intelectual” (p. 46), y después defiende que "Paradójicamente […] el intelectual es a menudo una figura que acaba yendo contra los libros, porque en ellos ve reflejado su fracaso vital. Se traspasa al concepto de cierto antihéroe moderno, el hombre al que la cultura ha conducido a la indefinición, la amargura o el cinismo" (p. 91).
Son líneas que podrían leerse en este autodefinido “panfleto” con el que Jordi Gracia abre una nueva senda en su obra: siempre dentro del ensayo, de la crítica, pero con una vivacidad y una soltura a veces felizmente insolente que lo acercan al registro de sus reseñas de novedades literarias. Lo que leemos en estas cien páginas de arrebato no es en absoluto un análisis de la figura del intelectual, sino un retrato de ese aún no anciano pero ya crepuscular hombre de cultura que vaga decepcionado y resentido con el a su juicio insuficiente eco o aplauso que han recibido sus cosas, cuando hubiesen merecido mucho más clamor y permanencia en la memoria colectiva… (aunque, según acaba de observar Ernesto Schoo, la “única forma posible de inmortalidad” es “ingresar en el imaginario ciudadano”, y eso es algo casi inalcanzable para un escritor: en Mi Buenos Aires querido, Valencia, Pre-Textos, 2o11, p. 96).
No sé si Gracia estaba pensando en alguien concreto cuando escribió este menosprecio de la exaltación sistemática del pasado, esta decidida alabanza del futuro, pero no importa: es alguien que, educado en la España de los 50, desprecia Internet, irracionalmente convencido de que incluso eso era mejor antaño, y que lamenta el arrinconamiento de los clásicos griegos y latinos sin entender que casi todos aquellos escribieron lo que escribieron precisamente a favor de la curiosidad y la sabiduría activa y no nostálgica, para proclamar ese maravilloso "programa fundamental: hacer más feliz el presente" (p. 68).
Aunque Gracia también considera una desgracia el debilitamiento y desprotección social de las humanidades, creo que a veces peca de lo contrario de su intelectual melancólico y se muestra optimista en exceso con algunos artificios del futuro. No se puede negar que inevitablemente se van secando algunas fuentes, y aunque creo que lo que viene es siempre naturalmente mejor que lo que fue, y que el porvenir colectivo es siempre sinónimo de mejora e ilusión (el libro es, básicamente, una decidida refutación del “cualquiera tiempo pasado fue mejor”), el alejamiento de la tradición y de la naturaleza no deja de tener consecuencias preocupantes.
Pero el libro brilla también en la glosa a Steiner (pp. 30-35), en el modo en el que el autor incorpora las lecciones de las lecturas que se le cruzaron mientras redactaba lo suyo (las memorias de Tony Judt son más oportunas que el excelente libro de Roger Griffin, porque esta vez no estábamos hablando de fascismo), y, especialmente, al observar que “en la melancolía anida una impaciencia violenta y en ella crece una máquina de rencor contra el atropello del presente que padece el intelectual sensible” (p. 29).


[Ésta es la versión menos mala de la reseña aparecida ayer en Artes & Letras [Heraldo de Aragón], nº 354 (27 de octubre de 2o11), p. 3]

viernes, 14 de octubre de 2011

'Deshielo a mediodía', de Tomas Tranströmer




Deshielo a mediodía
Tomas Tranströmer

Traducción de Roberto Mascaró.
Nórdica Libros. Madrid, 2011. 218 páginas.

En su diarístico Autorretrato con radiador (Madrid, Árdora, 2oo6), el francés Christian Bobin, poco antes de comprender que "lo que encuentro es mil veces más bello que lo que busco" (p. 81), ha descubierto a un nuevo poeta, a quien no nombra, y se lanza a hacer un inventario muy íntimo: "Vamos a ver: ¿qué es lo que de verdad me trae al mundo, o mejor me vuelve a traer al mundo, ya que soy proclive a dejarlo continuamente?". Entre las únicas tres cosas que considera esa mañana de domingo, la menos melosa es "la lectura de un poeta sueco (una página, no más)". Por la tarde, en cambio, está ya del todo rendido tras haber continuado la lectura de esos versos: "Ya por dos veces me ha devuelto a la vida. Podría por lo menos, por cortesía, citar su nombre: Tomas (sin h) Tranströmer. Poeta sueco. La reseña dice que es psicólogo de profesión, que todavía vive, que en 1990 se volvió afásico. A veces uno de sus poemas viene a aletear a la altura de mis ojos, me da de comer con su pico y después se va, recuperado por la oscuridad de donde salía, de donde él saca su alimento –y por añadidura el mío" (pp. 49-50).
La segunda noticia llegó en abril de 2009, en una intervención del poeta chino Bei Dao en la Residencia de Estudiantes. Preguntado por los poetas contemporáneos que le interesaban, Dao afirmó que en verdad sólo admiraba entre los vivos al sueco Tranströmer. Fue entonces el momento de investigar y de enterarse de que en 1992 la editorial Hiperión había publicado la antología Para vivos y muertos, tres años después de su aparición en Suecia, y en versión de Roberto Mascaró y el zaragozano Francisco J. Uriz. Ese libro llevaba mucho tiempo agotado, así que hubo que recordar los cuatro poemas de Tranströmer que Uriz incluyó en Poesía Nórdica (Ediciones de la Torre, 1999), pero poco después se anunció que no quedaba mucho para que Nórdica Libros, tras el éxito de Entre luz y oscuridad de Harry Martinson, publicase una antología de la obra de aquel silencioso psicólogo poeta.
Ese libro se publicó en febrero de 2010 traducido por Mascaró y con el envidiable título de El cielo a medio hacer (que es también el de uno de los libros antologados), y, si bien en su día defendí en estas páginas que el libro de Martinson fue tal vez el mejor libro de poesía publicado en España a lo largo de 2009, no hay duda de que el de Tranströmer fue uno de los mejores de 2010, a pesar de ser lanzados ambos por una editorial no especializada en la publicación de versos (aunque sí es la más activa y tenaz en ese género entre todas esas editoriales todavía jóvenes pero ya imprescindibles que surgieron hace unos cinco años: han publicado ediciones ilustradas de Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, de La leyenda de Fatumeh del también sueco Gunnar Ekelöf y de Sin contar, una serie de miniaturas de W.G. Sebald que yo considero rotundamente poéticas).
Prologado con brillantez por Carlos Pardo, El cielo a medio hacer contenía un buen puñado de poemas extraordinarios (“Cara a cara”, “Llanura estival”, “Mayo tardío”, “Noche de diciembre ‘72”…) e incluía además, casi como apéndice, Visión de la memoria, el inacabado y estupendo libro de recuerdos del autor). Ahora, año y medio después, y de nuevo en versión en Mascaró (aunque esta vez en edición bilingüe), ve la luz Deshielo a mediodía, que recupera lo poco que quedó fuera en el anterior y completa, por tanto, la reunión de toda la poesía de Tranströmer en nuestro idioma. Tal vez, dado que su obra no es precisamente extensa, hubiese sido mejor publicarla entera desde el principio, en un solo volumen, y que cada lector hiciese su selección. De este modo, lo que tenemos ahora son dos libros parciales que recogen cronológicamente poemas de todos los títulos del poeta: en uno están los mejores y en el otro los demás, así que si aquél era un libro maravilloso, imprescindible en cualquier biblioteca de poesía, por pequeña que sea, éste se ha de conformar con ser “sólo” muy bueno.
La expectación y el apetito de más que produjo El cielo a medio hacer justifica la aparición de Deshielo a mediodía, que ha coincidido además con la feliz y justa concesión del Premio Nobel de literatura a Tranströmer la semana pasada. Existe, por tanto, el riesgo de que miles de curiosos que quieran acercarse al nuevo premiado comiencen por este libro más reciente y visible, aunque en él también van a encontrar páginas excelentes e intuiciones geniales, a veces en forma de haiku. Pero hay de todo: poemas sociales, poemas históricos, homenajes, poemas sobre arte, muchos sobre música, detalles surrealistas… Todo inspira movimiento, agitación, actividad, incluso las cosas inanimadas. Todo va cambiando, incluso el silencio. Todo está en tránsito, incluso la muerte. “Un puente es construido / lentamente: / derecho hacia el espacio” (p. 205).


(reseña publicada en 'Artes & Letras' ['Heraldo de Aragón'], nº 352 (13 de octubre de 2o11), p. 8)

viernes, 30 de septiembre de 2011

Islandia: dos veces lejos




Saga de Eirík el Rojo

Traducción de Enrique Bernárdez.
Ilustraciones de Fernando Vicente.
Nórdica Libros. Madrid, 2011. 88 páginas.

Tanto por lo que se refiere a lo temporal –el siglo XII– como a lo espacial –Islandia–, esta breve Saga de Eirík el Rojo llega hasta nosotros desde lo remoto, y, sin embargo, qué fácil entrar inmediatamente en su mundo y familiarizarse con su ritmo y su lenguaje. Buena parte del mérito de esto, tal vez más que nunca, hay que atribuirlo a la intermediación del infatigable Enrique Bernárdez, quien, aparte de lo que traduce de otros idiomas (Andersen…) y lo que escribe sobre lingüística y gramáticas germánicas, es el principal culpable de que las últimas generaciones de españoles hayamos podido enamorarnos de la literatura islandesa
Él ha vertido a nuestro idioma desde algunas de estas sagas fundacionales hasta La mujer de verde, el primero de los best sellers de Arnaldur Indridason (RBA), pasando por novelas de Halldór Laxness (El concierto de los peces, para Turner), Gudbergur Bergsson (Amor duro y La magia de la niñez para Tusquets o Tota y el dedo de papá y Tomas Jonsson para Alfaguara) o las versiones para Nórdica Libros del recientemente fallecido Thor Vilhjálmsson (Arde el musgo gris) y Sjón (El zorro ártico y Maravillas del crepúsculo).
Otros traductores nos han permitido acceder a más novelas de Laxness (el único Premio Nobel islandés, de quien Turner recuperó también la determinante Gente independiente) y de Bergsson (aún se puede encontrar la impactante El cisne, en Tusquets), a otras tres investigaciones policiacas de Indridason (Las marismas, La voz y El hombre del lago) o a 101 Réikiavik, de Hallgrímur Helgason (RBA, 2001), pero Islandia ha llegado hasta nosotros también a través de un imaginario construido por foráneos que fantaseaban con aquel lugar, a veces sin haberlo pisado nunca. Así, desde la primera novela de Victor Hugo (Han de Islandia, de 1823), el Viaje al centro de la tierra, de Jules Verne (1864) o Pescador de Islandia, de Pierre Loti (1886), hasta las recientes nouvelles Hotel Borg, del italiano Nicola Lecca (Pre-Textos, 2009) o Hildur, del catalán Toni Montesinos (Paréntesis, 2009), pasando por las inteligentes pero desganadas Cartas de Islandia de Auden (Alba, 2000).
Además, junto a los poemas de Jorge Luis Borges (“Qué dicha para todos los hombres, / Islandia de los mares, que existas”…) y el venezolano Eugenio Montejo (“Es este sol de mi país / que tanto quema / el que me hace soñar con sus inviernos […] Voy a plegar el mapa para acercarla”: “Islandia”, en Algunas palabras, 1976), hay que anotar otros menos conocidos en los que aquella isla parece concebirse como un horizonte inalcanzable y casi extraterrestre cuya simple existencia, el saber que de verdad está ahí, en algún lugar muy hacia el norte, aporta consuelo a la situación insatisfactoria desde la que se escribe: así “Islandia”, de Miguel Ángel Velasco (en La vida desatada, Pre-Textos, 2002), o, en nuestro contexto aragonés, el poema “Islandia” de Sylvia Solé (en Diacronía del miedo, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2007), aparte del violento final de ‘Amor mío’, de Manuel Vilas, en el que al hilo de algo muy diferente se aprovecha el dato de que Reykiavik es la capital de país más al norte del planeta (en Calor, Visor, 2008). Y, cambiando de formato, merece citarse también un proyecto del excelente fotógrafo zaragozano Jorge Fuembuena (www.jorgefuembuena.com).
Al margen de los Edda y las sagas (hay algunas disponibles en Espasa-Calpe, Alianza, Siruela o Miraguano, muchas traducidas por Bernárdez), la poesía islandesa no ha llegado con tanta fortuna hasta aquí, aunque hay que anotar los dieciocho poetas islandeses del siglo XX que Francisco J. Uriz incluyó en su voluminosa antología de Poesía Nórdica (Ediciones de la Torre, 1999), entre los que cabe destacar a Snorri Hjartarson, Stefán Hördur Grímsson, Steinunn Sigurdardóttir o Gyrdir Elíasson, a los que se unió Elísabet Jökulsdóttir cuando el mismo Uriz seleccionó cinco de sus poemas para El gol nuestro de cada día. Poemas sobre fútbol (Vaso Roto, 2010).
El caso es que dentro de muy pocos días la Feria de Fráncfort está dedicada a aquel pequeño país de lava y nieve, y este relato de las peripecias de Eirík el Rojo, bien ilustrado por Fernando Vicente, se presenta como el mejor modo de llegar a Islandia desde su principio, entrando por su literatura primitiva, tan hospitalaria y hermosa como la de otras tradiciones (hay pasajes que recuerdan inmediatamente al Antiguo Testamento o al Libro de las Maravillas de Marco Polo). Narra el descubrimiento y fundación de Groenlandia por parte de los vikingos, y lo hace con esa ingenuidad primaria, sabia y eficaz tan propia de los relatos orales, y con un sentido del humor que no se sabe bien si es deliberado o involuntario, pero que a veces forja situaciones enternecedoras o cruelmente desternillantes, como cuando Eirík decide bautizar lo que ha descubierto con el nombre de “Groenlandia, esto es, Tierra Verde, pues dijo que los hombres estarían más dispuestos a ir allá si la tierra tenía un buen nombre”: p. 15).

Juan Marqués

(publicado en Artes & Letras [Heraldo de Aragón], nº 350 (29 de septiembre de 2o11), pp. 4-5.)

miércoles, 8 de junio de 2011

'Las armas y las letras', de Andrés Trapiello




Nada termina nunca



Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Destino, 2010-2011.


Por la misma razón por la que es mejor visitar una ciudad con calma que diez a toda prisa, sería mejor escribir y publicar un único libro bueno, importante, renovador, informativo..., que quince descuidados, mediocres, insulsos, olvidables... Mejor profundizar que acumular, y, en todo caso, si se comprende que no se puede aportar nada relevante, mejor pasar de largo. En este sentido, asombra la cantidad y variedad de libros necesarios que ha publicado hasta hoy Andrés Trapiello. Y si bien “necesario” es un adjetivo que habría que vetar a la hora de hablar de obras literarias, lo utilizo al repasar los casi dos metros que ocupan los lomos de sus libros en la estantería y comprobar que en ellos hay un número sorprendente de títulos que han supuesto verdaderos golpes de timón a la hora de entender algunos aspectos de nuestra historia literaria, o que han explorado los géneros de la intimidad y del yo con una audacia poco frecuente entre nosotros, o que han ido construyendo una obra poética de una solidez y emoción dignas del mayor aplauso, o que ofrecen novelas tan hermosas como Días y noches o Al morir don Quijote..., aparte de la necesidad de destacar lo mucho que Trapiello, como editor y tipógrafo, ha hecho también para que existan, y existan en la mejor forma posible, los libros de los demás.
Hace ahora un año que, en abril de 2010, llegó a las librerías la tercera edición, sustanciosamente revisada y aumentada, de Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), con una cubierta estupenda de Carlos García-Alix. Tras la versión inaugural de 1994, publicada por Planeta y merecedora del Premio Espejo de España, y la ya notable revisión de 2002 en Península, aparecía una tercera redacción que en estos doce meses de andadura ha vuelto a llamar la atención de la prensa, ha exhumado controversias antiguas y desatado algunas nuevas, y, sobre todo, ha convocado a miles de nuevos lectores, pues cuando escribo esto, en marzo de 2011, hace unas pocas semanas que se ha distribuido la cuarta reimpresión de esta última edición de Destino, con la circunstancia añadida de que cada una de estas tiradas incluye no sólo nuevas correcciones sino que añade material inédito y actualiza el estado de la cuestión, respondiendo incluso a reseñas de anteriores reimpresiones... Por poner algunos ejemplos ilustrativos, en la segunda refundición añadió, tras un reproche de Arcadi Espada, las palabras en las que Franco se proponía “desterrar hasta los últimos vestigios del espíritu de la Enciclopedia” (p. 14); hasta la tercera versión de esta tercera edición no se ha podido ver en la página 488 la sugerente foto de Manuel Azaña podando un seto en 1938; y la que es por el momento la última reimpresión interpola, entre otros textos, la necesaria ficha de José Castillejo (pp. 528-530), un fragmento de una reseña de 1955 en la que Tomás Segovia ponía serias objeciones a los “libros de combate” de Rafael Alberti (p. 506) o unas impresionantes y desesperadas palabras de 1958 en las que León Felipe, seguramente aturdido por el disgusto general, se declara “avergonzado” porque “Nosotros no nos llevamos la canción [...] De este lado nadie dijo la palabra justa y vibrante. Hay que confesarlo: de tanta sangre a cuestas, de tanto caminar, de tanto llanto y tanta injusticia... no brotó el poeta [...] Los que os quedasteis en la casa paterna, en la vieja heredad acorralada... Vuestros son el salmo y la canción” (p. 560). Son palabras deprimidas y muy contestables, pues hay muchos argumentos para defender que la producción literaria, artística e intelectual de quienes con mayor o menor comodidad permanecieron en España es inferior a la que, a menudo desde la precariedad y el sobresalto, consiguieron sacar adelante los desterrados (muy especialmente a la altura de ese 1958, en el que, sin ir más lejos, murió en Puerto Rico Juan Ramón Jiménez), y de ese modo fueron éstos quienes prolongaron fuera de su país eso que se ha dado en llamar “Edad de Plata de la cultura española”, aunque no se pueda olvidar que en España vieron la luz las memorias de Pío Baroja o buena parte de lo mejor de la obra de Azorín o Josep Pla, a lo que se sumaría desde los años sesenta la obra, a menudo sobresaliente, de los jóvenes que no habían vivido la guerra o, por lo menos, no habían luchado en ella.
Las armas y las letras ha sido siempre un libro para aprender y discutir. Cualquiera obtendrá de él varios cientos de datos y referencias que no conocía y todos encontramos en sus páginas decenas de opiniones con las que debatir a gusto (las columnas de la página 233 merecen muchos más matices que aquellos con los que las enmarca el propio autor, quien por otra parte acierta al quererlas “mostrativas, en absoluto comparativas”). Es, bien leído, un libro limpio, no sólo desprejuiciado sino dirigido contra varios prejuicios de distinto signo, contra ciertos desajustes e injusticias que, sin embargo, resultaban muy cómodos para ordenar y disponer los prestigios literarios de cada cual a nuestro placer, según nuestras simpatías morales. Pero es también un libro de abierto y deliberado espíritu polémico, a menudo provocador, como casi todos los que han cambiado la perspectiva a la hora de interpretar la relación de los creadores con su tiempo, especialmente en momentos turbulentos y desafiantes, en situaciones en las que podían ser conscientes de que sus movimientos y palabras condicionarían el modo en que su obra sería recordada o revisitada en el futuro, momentos en los que debían demostrar quiénes eran como ciudadanos, al margen de quiénes hubieran sido o estuviesen siendo como artistas, escritores y personajes públicos (y, sin poder entrar aquí en detalles, complace comprobar cómo los más grandes –Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez...– fueron también quienes mostraron una actitud cívica más impecable y valiente). Así, sea cual sea el valor que cada lector conceda a las conclusiones y tesis del libro (y lo cierto es que, en general, ha sido un libro muy celebrado y aplaudido por lectores de muy diversas tendencias), nadie podrá negarle su mérito y el modo en el que ha calado en estos quince últimos años, pues muchas de las opiniones lanzadas en 1994 son ahora poco menos que un lugar común (entre ellas la agradecida revalorización de Ramón Gaya o la rotunda reivindicación de Manuel Chaves Nogales o Carlos Morla Lynch), a las que se une en esta edición la importancia concedida a las memorias de guerra de Clara Campoamor, publicadas en francés en 1937 e inéditas en castellano hasta 2002...
El arte es lo que cada cual hace con la realidad, o desde ella (“la realidad es sólo la base pero es la base”, dijo Wallace Stevens), y cada lector deberá decidir qué hacer con este texto en el que Trapiello, con más intenciones históricas que artísticas, como exige el género abordado y aconseja el tema expuesto, trata, en fin, de mostrar y casi clasificar la realidad concreta y casi siempre verificable del comportamiento de los intelectuales españoles entre 1936 y 1939, con referencias a lo sucedido y opinado antes, durante la República, y lo que les ocurrió después, bajo el franquismo o en el exilio o ya en ninguna parte. Como decía arriba, somos muchos los que ya en 1994 nos rendimos ante buena parte de las afirmaciones leídas aquí, que ahora se ven además acompañadas por una buena cantidad de material documental añadido. El archivo fotográfico incluido es francamente abrumador, imponente, y supone, entre muchas otras cosas sustanciosas, un verdadero catálogo bibliográfico de aquellos años de guerra, mientras que la sucinta “Cronología general de la guerra civil española” (pp. 601-620) también ha sido revisada (y servirá sobre todo para lectores extranjeros, pues de momento este libro ya se ha visto vertido al francés). El nuevo prólogo, por su parte, quiere espantar cualquier posibilidad de que el libro sea objeto de sospecha desde el punto de vista de la historiografía más seria: “Entre los defectos que se le han achacado a esta obra, muchos de ellos seguramente incontestables, hay uno injusto: el de creer que su autor ha tratado de mantenerse en esa equidistancia que ha ido ganando terreno últimamente: la de pensar que en la guerra todos fueron iguales, y que tanto un bando como otro, hermanados por las tropelías, venían a ser poco más o menos lo mismo” (pp. 13-14). Quien siga leyendo a partir de esas páginas primeras podrá comprobarlo y, en todo caso, la equidistancia es buena como punto de salida, como predisposición, pero no como meta, como conclusión, pues cualquiera que comience a conocer lo que sucedió en España en los años treinta difícilmente podrá mantenerse imparcial tras asumir las primeras certezas, tras conocer los primeros documentos.
Sea como sea, y como ha explicado Trapiello en otros lugares, “el pasado se construye día a día”: siguen y seguirán apareciendo testimonios y estudios que amplíen nuestra perspectiva sobre la guerra civil, que aporten su milímetro a ese mapa de escala 1:1 que, según una broma del autor, se diría que se quiere dibujar sobre aquel conflicto. Estos días, entre otras muchas novedades bibliográficas, la editorial Pre-Textos saca a la luz los diarios del poeta Juan Bernier, inéditos hasta hoy, o la Residencia de Estudiantes publica Tuan Nyamok, memorias de Julián de Zulueta (y en ellas datos jugosos sobre los movimientos de su padre, Luis de Zulueta, embajador de España en el Vaticano, o un recuerdo de Pío Baroja, refugiado en la Casa de España de París)... La crónica colectiva continúa creciendo, el pasado se va desenterrando, y futuras ediciones de ese work in progress que es Las armas y las letras deberán recoger estas y otras referencias.
Hace unos años, ante la avalancha de nuevos libros sobre el tema (y ante la indecencia de los escritores neofranquistas y “revisionistas”), un poeta mexicano decía que nuestra guerra civil era la historia interminable. No es que no haya acabado, por supuesto, pero sigue mostrándose, su recuerdo sigue vivo y algunas de sus turbulencias ocupan a diario páginas en los periódicos de hoy. Trapiello ha apostado públicamente por desenterrar los cadáveres de las cunetas y deshacer los símbolos totalitarios, como pasos necesarios para la normalización en el modo de gestionar nuestro pasado común y para llegar definitivamente a una “reconciliación” general y sensata, al enterramiento definitivo de las armas. Pero las letras, mientras tanto, seguirán por su camino, y ése sí es felizmente inagotable, irresoluble, imprevisible.

(Reseña publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, nº 731 (mayo de 2o11), pp. 118-122.)