
MENDICIDAD Y JÚBILO
Juan Marqués
Juan Arnau
El cristal Spinoza
Valencia, Pre-Textos, 2012
Hacía mucho tiempo que no leía
tantas veces en un libro la palabra “alegría”, pero es natural que aparezca por
todas partes en una confortable novela que pretende sintetizar la filosofía,
tan consoladora y vitalista, de Baruj Spinoza. ¿Novela? Narrativa, en cualquier
caso, y también esbozo de biografía, aunque esta nueva obra del profesor valenciano
Juan Arnau tiene también algo de ensayo (por el contenido, a menudo tomado
directamente de las obras del filósofo holandés), de teatro (por los diálogos y
las acotaciones) e incluso de poesía (ya que, como ha de hacer ella, dedica casi
todas sus páginas a recordar cosas fundamentalmente importantes).
Arnau se sirve
con habilidad de un personaje escurridizo y algo fantasmagórico, Jan van der
Spyck, que va saltando a través de los siglos como heredero y custodio de la
sabiduría de quien fue su amigo en La Haya, y es él quien nos la va ofreciendo
a los lectores en forma de capítulos breves que traen estampas paisajísticas,
apuntes históricos y sociológicos o, sobre todo, la reproducción de
conversaciones sobre distintos aspectos que siempre concluyen con la expresión
de una serena satisfacción ante la existencia, sea cual sea la miseria o la
injusticia que la envuelva.
Los
grandes obstáculos de la vida de Spinoza fueron la intransigencia religiosa, a
la que se enfrentó con tranquilidad resignada, aceptando sin escándalo su
expulsión de la comunidad judía y asistiendo en silencio a la condena o censura
de algunas de sus obras (algo que tampoco consiguió hacerle sufrir demasiado:
“prefiero no ser leído a ser malentendido”: p. 204, aparte de que “el
pensamiento no habrá de ocuparse de los errores de los demás”: p. 95), y la
pobreza material, que sí pudo haber evitado, pues fueron muchos quienes, sin él
solicitarlo, le ofrecieron trabajos, cátedras y subvenciones que no aceptó o
cuya retribución él mismo redujo a lo mínimo para subsistir. La voluntaria y concentrada
reclusión del filósofo fue la de alguien que previene contra “la más peligrosa
de las pasiones, la inacción, la única pasión que carece de objeto” (p. 42): el filósofo sólo viajó por obligación y tras sobresaltos (“no sabes lo divertido que
es huir a tiempo”: p. 140), pero apostaba por un sedentarismo consciente y
hacendoso: “para que la imaginación viaje, el cuerpo no ha de hacerlo” (p. 48).
De hecho, no se trata sólo de permanecer siempre en el mismo lugar, con
perseverancia y atención creciente, sino de quedarse por aquí incluso después
del final: “La vida sólo revive en la vida. Los cuerpos se van, se van de
muchos modos, pero también se quedan, se quedan de muchos modos, en otros
cuerpos. Para seguir en el mundo cuando el cuerpo no está, para seguir presente
lo ausente, el espíritu ha de albergarse en lo vivo, y desde allí emanar
dulzura, comprensión, fuerza” (p. 15)
Es cierto que
“no es fácil establecerse en la alegría agradecida de la vida cuando ésta es
desdichada” (p. 237), pero “el sabio piensa en la vida y no en la muerte, no
espera recompensa alguna de sus actos, ni aquí ni en el más allá, se esfuerza
por obrar bien, no presta atención al mal y, sobre todo, se esfuerza por estar
alegre” (p. 220), y para ello hay que ser laborioso y tenaz, dado que “la
alegría es la marca del buen esfuerzo” (p. 96). El impulso positivo y jovial de
la filosofía de Spinoza llega al extremo, estoico y marcoaureliano, de afirmar
que “El mal no existe; lo pone la falta de vista, de perspectiva (p. 140)”, y
esa estrechez de miras de los pesimistas y los temerosos contrasta con una
“amistad con el mundo” que es definitivamente luminosa: “El poder de una
persona descansa en la cantidad de verdad que es capaz de soportar sin que esa
carga lo arroje a la desesperación, sino que, al contrario, lo anime a caminar
hacia un horizonte de alegría. La vida misma, con su empuje sanguíneo y su
poder afectivo, se da así sentido a sí misma, se moldea y abre perspectivas
donde crecer y ser más libres” (p. 149).
[Reseña publicada en la edición de la Comunidad Valenciana de ABC, 29 de septiembre de 2o12]