lunes, 7 de mayo de 2012
En otra casa, de Antonio Moreno
La elección del bien
Antonio Moreno
En otra casa
Ediciones de la Isla de Siltolá
Sevilla, 2012
Quienes nos negamos a escribir nada que no contenga algo de celebración y de gratitud encontramos en Antonio Moreno (Alicante, 1964) a uno de los nuestros. La línea principal y más sólida de su escritura la constituye su obra poética, reunida en 2007 en Intervalo (La Veleta) y ampliada en 2010 con Nombres del árbol (Tusquets), pero es en sus libros en prosa, liberado de la métrica y del misterio del poema, donde con más claridad y desnudez expresa su sabia, por sobria, actitud ante la existencia, su forma de habitar un mundo que es deliberadamente reducido.
La vida es un lugar tan extraño y tan mágico que para disfrutarla y ponerse a su servicio basta con quedarse en casa, entregarse a la rutina y hacer las tres o cuatro cosas de siempre, pero hacerlas a conciencia. "Quien es dueño de un techo propio y de un cuarto donde recogerse a solas sin duda goza de un bien suficiente para sentirse a gusto y sereno. Y en la serenidad se halla la raíz de toda dicha verdadera. Muchos son los sabios que han discurrido acerca del contenido de la felicidad, pero la felicidad es un don muy simple consistente en la paz del espíritu" (p. 25), pero ya no es que quien escribe eso goce de una capacidad de contemplación casi zen ("Mirar las plantas detenidamente, que es como aprender a mirar y darnos cuenta de que no sabíamos hacerlo": p. 176), ni de que sea consciente de que incluso en unos minutos de descanso mirando al techo de tu habitación está todo lo mejor y más puro que un hombre puede extraer de la porción de vida que se le ha concedido (pp. 185-188), sino que llega al conformismo extremo de renunciar a salir a una azotea y contemplar la ciudad y el cielo y las nubes... tras comprender que uno puede contentarse con observar durante largo rato, de espaldas a la puerta de la terraza, el pequeño rectángulo de luz que entra por ella (pp. 41-43).
"Basta con estar en un lugar durante algún tiempo para entender espontáneamente las cosas, sin forzar las ideas", se afirma de modo definitivo en p. 198, y de ese modo resulta ingenuo anhelar grandes aventuras o emociones para saborear la vida, pues bastan los estímulos más modestos para apurarla hasta el fondo y recorrerla con toda la intensidad, dado que el autor es también consciente de que "la duración de la vida de un hombre no debería medirse según el número de los años cumplidos, sino por el ardor con que bebió cada día de ella" (p. 161).
Sea como sea, en esta reunión de apuntes que es En otra casa hay también páginas para la crónica de una estancia en Lucca, una travesía "Por la cuenca del Torío" y algún buen ejemplo de ese delicioso género literario que es el paseo ("Observaciones al despedir el año"), que de paso se aprovecha para desentenderse un tanto del intelectualismo y la cultura: "últimamente leo más que camino, y esto es sin duda un error. Desde que era jovencísimo he sabido que en el acto de caminar radican las claves de casi todas las cosas que más importan" (p. 134).
Llegados a este punto, alguien podría pensar que hay una incompatibilidad llamativa entre esas intuiciones y el acto de escribirlas, y en cierto sentido Antonio Moreno lo admite en el precioso epílogo, que funciona como epifonema y síntesis de todo lo dicho antes o, mejor, de todo lo que se ha querido decir, que tan a menudo es inexpresable. De hecho, el autor se lamenta de que las palabras sean insuficientes y además demasiado ruidosas, y por tanto de que las suyas no consigan expresar lo que sí logra la danza que ve ejecutar a un hombre ante el puerto de Alicante: "Sentía que todo cuanto he hecho con ellas ha sido en vano, y que tarde o temprano un día tendría que ponerles el punto final definitivo, si es que no lograba que ellas fuesen expresión de esa danza compenetrada con la respiración de la vida" (pp. 206-207). Pero hay una razón mayor para escribir y publicar En otra casa, y ésta tiene que ver con la alegría interior, con la necesidad de compartir la sensacion de plenitud en la calma, con la firme voluntad de lo que se sabe salvado: "¡Cómo, a estas alturas, va a importarme obtener las mercedes de un renombre o un prestigio! Ni siquiera fantaseo [...] con la imaginación de un lector futuro. ¿Entonces? Es muy simple: sigo una voz que es un bien. Que lentamente, desde mi primera juventud, me ha ido mostrando qué es el bien. Nada tiene que ver con ideas ni con escuelas, sino con un don que ilumina mi vida" (p. 195).
(Reseña publicada en la edición valenciana de ABC, 28 de abril de 2o12.)
lunes, 16 de abril de 2012
Pío Baroja, de José-Carlos Mainer

UN PASEO CON BAROJA
José-Carlos Mainer
Pío Baroja
Taurus / Fundación Juan March
Madrid, 2012
En la última pregunta de la extensa entrevista que cerraba el volumen de homenaje Para Mainer de sus amigos y compañeros de viaje, publicado el año pasado por la editorial Comares, el profesor José-Carlos Mainer anunciaba que estaba escribiendo “una vida de Pío Baroja” que “será seguramente mi último libro de cierta magnitud”. Nunca una noticia tan buena habrá venido acompañada de una profecía tan aciaga, pero, a la vista del resultado de esta biografía y de la infatigable curiosidad y actividad que mantiene Mainer, es inconcebible que no hayamos de esperar nuevos títulos futuros.
Quien fuese hace ya más de diez años el director de la flamante edición de las Obras completas de Pío Baroja que acometió el Círculo de Lectores (y quien vio en la cubierta de uno de sus últimos libros –Galería de retratos– la silueta del inconfundible perfil del huraño escritor donostiarra) ofrece hoy una biografía que es algo menos divulgativa que lo que pretendían las directrices de la colección “Españoles eminentes” que inaugura, explicadas por Javier Gomá en páginas preliminares. El autor ha cumplido con el encargo de seguir la “secuencia cronológica desde el nacimiento hasta el fallecimiento” –aunque permitiéndose, por fortuna, muchas de esas célebres digresiones suyas que tanto encandilaban a quienes asistimos a sus lecciones en la Universidad de Zaragoza– pero tal vez no tanto con lo de limitarse a satisfacer “las expectativas de un lector culto no académico”. El texto de Mainer es exigente con sus lectores, presupone muchos conocimientos literarios e históricos, y dedica menos espacio a las peripecias de la vida de Baroja (entre su infancia y vejez en su tierra estuvieron sus años de estudiante en Valencia, su plenitud vital en Madrid y sus viajes a París, Londres o Italia...) que al merodeo, forzosamente rápido, de su copiosa obra. Felizmente, hay menos sucesos y chismes que análisis literario, y no sólo de los textos de Baroja sino de muchos de sus coetáneos. Mainer sabe que la historia de la literatura no es la de los escritores sino el examen y la criba de los textos que sin cesar se nos acumulan, pero es que además, en el caso particular de Baroja, analizar sus novelas y personajes es un modo perfectamente eficaz de abordar su andadura vital, pues desde la primera página se afirma que “la biografía de un escritor es, en rigor, su obra (p. 13), y una de las conclusiones del magistral epílogo es que el vasco “concibió la literatura como quien construye un refugio que fuera, a la vez, un espejo íntimo” (p. 397).
A diferencia de algunos precedentes, este libro muestra una indisimulada simpatía de partida por la figura que estudia y tiende a una benevolencia siempre razonada en todos sus pasos, aunque no deja de reprocharse con seriedad a Baroja su tozudo antisemitismo, su desconfianza ante la democracia o, descendiendo varios escalones en gravedad, su indiscreción final respecto a ciertos episodios galantes. También los textos salen muy bien parados de este nuevo escrutinio de Mainer, quien en todo caso opone obras maestras como la trilogía “La lucha por la vida” (La busca sería “la primera de las grandes novelas del submundo urbano en España y una de las mejores de la Europa de su tiempo”: p. 131), El árbol de la ciencia o Zalacaín el aventurero a páginas menos inspiradas. “Si la literatura no es exploración, es poca cosa”, sentencia Mainer (p. 35), y ve en Baroja a un sedentario viajero y a un fanático de la rutina que también es calificado de “culo inquieto”, aparte de ser, “ante todo, un ensayista que nos cuenta cosas” (p. 33) y un “escritor laborioso, capaz de reescribir la prosa hasta conseguir el efecto emocional buscado, pero que se había impuesto como norma la sencillez, la claridad y la independencia” (p. 116).
Otras de las virtudes del libro son las noticias que da sobre Pasada la tormenta, libro todavía inédito de Baroja que Mainer pudo leer en la casa familiar de Itzea, y, sobre todo, la nutrida bibliografía que se va repartiendo en el primero y los últimos capítulos, y que, más que constituir una exhaustiva summa barojiana, supone un balance cabal de la recepción de esa obra a lo largo del tiempo y de sus huellas en la narrativa española de ahora mismo. A esa lista comentada de libros sobre Baroja hay que añadir desde ya mismo la biografía que la contiene, y hay que hacerlo con la convicción de que se trata de todo un acontecimiento.
(Reseña publicada en el suplemento Artes & Letras, de la edición valenciana de ABC, nº 41 (31 de marzo de 2o12), pp. 6-7.)
jueves, 2 de febrero de 2012
Cartas, de Saul Bellow

CADA VEZ MÁS GRANDE
Saul Bellow
Cartas
Edición de Benjamin Taylor.
Traducción de Daniel Gascón.
Alfabia
Barcelona, 2o11
“La fuerza de la virtud de un hombre o su capacidad espiritual se miden por su vida ordinaria”, se leía en Herzog, una de las obras maestras de Saul Bellow, de cuya vida cotidiana sabemos hoy mucho más gracias a la feliz aparición de esta portentosa recopilación de setecientas ocho Cartas, un verdadero acontecimiento literario que convierte a su autor en alguien todavía más hondo, más malicioso y más genial de lo que ya habían demostrado sus novelas, cuentos y reseñas.
A partir de ahora nadie podrá negar cuál era la principal motivación de todos esos textos. Según el editor de este volumen, Benjamin Taylor, “sus protagonistas son intelectuales, pero esos intelectuales descubren lo débil que resulta su sabiduría cuando irrumpe la verdadera vida. […] Que otros chapoteen en el nihilismo si les agrada; para Herzog la vida sigue siendo lo que era para Keats: el valor de fabricar un alma” (p. 17), algo que Bellow confirma en una carta de 1961: “los escritores que creen que hay un mar de los Sargazos de vómito en el que debemos vagar están obligados a afrontar la belleza. Para negar eso, tendrías que negar tus instintos como escritor” (p. 298), y que explica, por ejemplo, lo poco que tuvo que decirse con Samuel Beckett en el único encuentro que tuvieron, a principios de los ochenta (p. 16). A Bellow le movía el optimismo, la fe en la existencia, una vitalidad que se desborda incluso en sus páginas más desengañadas o iracundas. Se enfada con quienes no saben vivir, con quienes no lo hacen con intensidad, con quienes no soportan que él sí quiera disfrutar. “Descubrí hace un tiempo que nada me impediría decir lo que pienso” (p. 504), escribe a Philip Roth, y entiende que “sólo hay una forma de derrotar al enemigo, y es escribir lo mejor posible” (p. 214). Su apuesta por la felicidad y la verdad es a veces demoledora: “En realidad, nunca he dejado de buscar lo auténtico; y a menudo encuentro lo auténtico. Caer en la desesperación sólo es una forma elegante de volverse un imbécil. Yo elijo reír, y no me río de mí mismo menos que de los demás” (p. 700), y a veces se apoya en una especie de predeterminismo positivo (“uno nunca puede lamentar el curso que ha tomado su vida. Siempre hay razones totalmente buenas por las que no podría haber ocurrido de ninguna otra manera”: p. 478), porque lo cierto es que no todo fue siempre fácil en su vida (“¿Y qué es la vida sin unas cuantas ansiedades graves? Algo incompleto”: p. 303).
“Fracasa contigo mismo y fracasarás en todas partes”, advierte antes de cumplir los treinta años (p. 87), y a la altura de 1960 ya sabe que “un tiempo hermoso es su propia recompensa” (p. 271). Le cuenta a John Berryman que “Don Quijote es hermoso como ningún otro libro que yo haya visto nunca” (p. 234), y años antes ha recomendado a Bernard Malamud para una beca con el argumento, tan vigente, de que “la mayor amenaza para la escritura en nuestros días es la amenaza del conformismo” (p. 180). “Tendremos que esperar y ver si aparecen buenos escritores. Con pocas excepciones, la gente de talento que he conocido durante los últimos treinta años no ha mostrado mucho espíritu. Tras una temprana exhibición de cualidades parece haber poco más que amor al estatus” (p. 400).
Si leerle resulta tan reconfortante es porque él no era de esos que utilizan sus manuscritos como papel higiénico en el que desahogar su asco o intentar contagiar su tedio, que casi siempre es síntoma de estrechez de miras: “La única cura segura es escribir un libro. Yo tengo uno nuevo sobre la mesa y todas las demás penas se han ido. Ésa es la forma que adopta ahora cualquier rechazo a ser infeliz, y supongo que me salva de una negativa meramente obstinada. Porque no es sólo por uno mismo que hay que rechazar cierta alternativa. También es porque le debemos algo a la vida” (p. 277). Él, simplemente, era inteligente, y tuvo además el don de saber explicarse como pocos, manejando las palabras de un modo que con feliz frecuencia alcanza lo glorioso: “No te preocupes por esto y aquello: esto y aquello no importan demasiado en la suma final” (p. 514).
La magnífica traducción de Daniel Gascón (sé que lo es porque desde la primera página uno se siente como en casa: en ese hospitalario y reconocible "estilo Bellow" que conocemos gracias a otros traductores) se hace cómplice del espíritu del autor, y entre los dos nos ofrecen un volumen lleno de sabiduría y amor por la verdad, o amor por el amor (“Janis me cuida como a una planta, y de vez en cuando recibe la recompensa de una flor”: p. 616). “Para ser realmente bueno, uno de los mejores, uno debe adquirir una especie de normalidad tolstoiana que nadie pueda desafiar” (p. 344), acierta a decir, pues en contra de lo que creyó en masa alguna generación anterior a la suya, sencillez y genialidad son muy buenas amigas.
Así, “la escritura debería derivar de la Creación y no intentar sumarse a ella. Deberíamos exigir que las cosas fueran cada vez más sencillas, cada vez más grandes” (p. 204). Sencillez y grandeza es lo que encontrará el lector en cada una de las cartas de este libro maravilloso. Tratándose de Bellow, la alegría se da por descontada.
[Reseña publicada hoy en Artes & Letras [Heraldo de Aragón], p. 8]
domingo, 29 de enero de 2012
Mário de Carvalho

MÁRIO DE CARVALHO
Mário de Carvalho es la encarnación perfecta de la amabilidad desde el momento en que aparece por las escaleras del hotel madrileño que será suyo esta noche. Sonríe mucho menos que su prosa, tan traviesa y juguetona, pero, como casi todos aquellos seres que lo han pasado muy mal, disfruta con todo, desciende a los detalles sin dejar de mirar el cielo, no deja de hacer preguntas a quienes quieren entrevistarlo. Titubea con el castellano pero, como un poeta, busca ser exacto en todos los idiomas.
Ha venido a España para hablar de su novela Fantasía para dos coroneles y una piscina, recién publicada por la editorial zaragozana Xordica, pero en el tercer minuto de conversación nos está contando que sus nietos quinceañeros son muy aficionados a la literatura beatnik, en el cuarto ya estamos hablando de poesía sueca (Carvalho estuvo exiliado dos meses y medio en Lund, tras otros dos meses y medio en Francia, donde lo pasó peor porque carecía de documentos) y los siguientes los reserva para preguntar por todos los platos que ofrece la carta del restaurante.
Come sorprendentemente poco, pero necesita su dosis de café negro. Antes ha querido saber si podrá conocer a Lourdes Eced (traductora de su novela), ha recorrido con preocupación la geografía mediterránea de la crisis (Grecia, Italia, España, Portugal, ¿Francia?) y ha explicado su aversión por el tomate mientras Jesús Posada, ex ministro de agricultura, devora verduras a la plancha en la mesa del fondo. Está al tanto del cambio político en España y lamenta la extraña y enorme distancia que hay entre nuestros dos países, que ni siquiera viven enfrentados sino de espaldas uno del otro. Él mismo ha venido muy pocas veces por aquí, y siempre fugazmente, y no sabe por qué. Seguro que no deja de preguntárselo hasta que encuentre una buena respuesta.
(Semblanza publicada en Artes & Letras [Heraldo de Aragón], nº 362 (22 de diciembre de 2o11), p. 9.)
lunes, 19 de diciembre de 2011
'Derrota y restitución de la modernidad', de J. Gracia y D. Ródenas

LO QUE NUNCA SE ACABA
Jordi Gracia y Domingo Ródenas, Historia de la literatura española. 7. Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010, Barcelona, Crítica, 2011.
La literatura no sólo crece y se amplifica naturalmente día a día, sino que va complicándose, liberándose y haciéndose más escurridiza y amorfa, más silvestre y proteica, menos obediente. Muchos libros de hoy llegan con la voluntad, a menudo explícita, de dificultarnos su colocación en las secciones de las librerías o en los estantes de nuestras bibliotecas, y ése es un fenómeno insolente y feliz, aunque no siempre admirable, porque siempre será mejor una novela de corte clásico bien pensada y escrita que una hueca gilipollez, por rupturista e “intergenérica” que pueda pretenderse. Y es que la novela, sí, es la opción literaria más tradicionalmente capaz de transgredir la tradición, la más libre e ilimitada. Si un martes un crítico obtiene una definición “definitiva” de lo que es y puede llegar a ser una novela y de cuáles son sus normas y confines, el miércoles un novelista ilustrará con una nueva obra que esa acotación era insuficiente, lo cual es consolador, porque demuestra que la literatura estará siempre por encima de la filología, y que ésta está al servicio de aquélla, y jamás al revés, como parece que querrían algunos profesores.
Paradójicamente, “novela” o “poesía” son conceptos mucho más difíciles de definir que “literatura”, que las incluye. Ahora José-Carlos Mainer, en su “Prólogo general” a la Historia de la literatura española que está coordinando para la editorial Crítica, ha lanzado una nueva definición, cautelosa pero precisa y convincente: “la literatura, a fin de cuentas, es un conjunto de textos particularmente intencionados acerca de la vida, que nacieron con la pretensión de dejar huella perdurable”. La concisión de esas palabras (que en el tomo reseñado se pueden leer en la pág. VIII) no les impide ser exactas en cuanto a las ambiciones de lo literario, ni evitan la necesaria palabra “vida”, de mala prensa en otros ámbitos críticos más mecanizados, robotizados y, claro, menos vivos y refrescantes.
Hizo bien Mainer en encargar a Jordi Gracia y Domingo Ródenas de Moya el séptimo tomo de este proyecto, pues, si son habitualmente magistrales al escribir cada uno sus cosas, lo que suscriben juntos resulta siempre brillante, y cada vez más. Se admiran mutuamente, y eso ayuda. Pero además se compenetran perfectamente y consiguen un estilo fluido, seguro y práctico que es fruto del apetito con que leen y las ganas con que escriben. Además, la capacidad de síntesis es una de las principales virtudes de un libro que tiene muchas otras: 974 páginas de letra pequeña (menor, de hecho, que la de otros tomos de la serie), caja amplia y estrecho interlineado son en realidad muy pocas para dar cuenta de todo lo que ha sucedido en la literatura española en un periodo tan dilatado y complejo como 1939-2010, y sobre todo cuando no se limitan a nombrar y dar listas, sino cuando hay una voluntad de explicación y argumentación que resulta exitosa, por suficiente, y que maneja, comprime y mastica una cantidad abrumadora de bibliografía general y específica (que no se cita en el cuerpo del texto ni en notas sino, muy espigada, en apéndice final). Es, pues, más que lo que se entiende por “manual”, un relato perfectamente articulado y nada superficial que no sólo abarca sino que aprieta mucho cuando es necesario. E incluso, hasta donde era espacialmente posible, hay equilibrio y sentido de la proporción al abordar la obra de los distintos autores según su relevancia, aunque en general los autores más recientes gozan de unos privilegios que no tienen autores superiores a ellos pero muertos y arrinconados desde hace décadas. Ése es uno de los peligros más espinosos y difíciles de esquivar al enfrentarse a la literatura de ahora mismo: allí está palpitando, sí, la famosa falta de perspectiva, pero también la voluntad de complacer a los escritores vivos, tan atentos siempre a sus comentaristas. Pero Gracia y Ródenas saben que la historia de la literatura es la historia de los textos literarios, no la de los escritores, y que importa estudiar y tratar de entender todo lo que se escriba, se publique y circule, que todo es relevante y sintomático, aunque no deje de ser una lástima que una narración tan apasionante y sabrosa como la que ellos hacen de esos años haya de terminar atendiendo a ese estéril y analfabeto chapapote textual del “afterpop” o la “pospoesía”.
Es otro aspecto que tal vez merezca destacarse: en general, y no creo que sea debido a mis intereses y gustos particulares, este libro es no sólo más convincente sino más fascinante cuanto más se remonta en el tiempo: tanto Gracia como, sobre todo, Ródenas nos han enseñado también muchas cosas sobre la “Edad de Plata” (concepto que aquí utilizan a conciencia, ya sin necesidad de explicación, así que definitivamente parece que ese marbete se queda entre nosotros), pero aquí, en un primer bloque panorámico titulado “Historia y sistema literario”, comienzan en la luctuosa primavera de 1939, desde la primera literatura de la derrota (amedrentada), la victoria (decepcionante) y el exilio (libre y sobresaliente), pasando por las diferentes promociones del interior, repasando géneros, movimientos, editoriales y revistas a través de las décadas (con la formación de una creciente y “paradójica literatura democrática sin democracia”) hasta llegar por fin a la democracia y saltar a la “posmodernidad”. Según explican los autores en la página 11, este repaso (que desplaza las págs. 15-297) es principalmente obra de Gracia (que amplía en cierto modo lo dicho ya en sus libros A la intemperie, La resistencia silenciosa y Estado y cultura), mientras que Ródenas se responsabiliza de las dos primeras partes del segundo bloque, que vuelve atrás con la intención de ilustrar todo lo dicho con juicios detallados sobre algunos “Autores y obras” especialmente significativas. Es entonces cuando se produce esa justa proporción de la que hablaba arriba, pues comienzan con el determinante (también desde el exilio) Juan Ramón Jiménez (que en la pág. 125 había quedado calificado por fin como el “mayor poeta del siglo XX”) y van atendiendo autores y títulos principales hasta llegar a 1975, tras la cual, ya completamente a cuatro manos, rinden demasiadas cuentas a la actualidad, y es ahí cuando se produce alguna asimetría, de modo que algunos narradores a los que nadie leerá dentro de veinte o treinta años se ven casi más glosados, por ejemplo, que Josep Pla, seguramente el mejor prosista español de ese periodo (y no sólo por su obra en catalán, que sería objeto de estudio de otra historia, de otro sistema).
Entre todo, y descendiendo a detalles, también he subrayado en mi ejemplar el moderado pitorreo con el que despachan ciertas vetas de la literatura new age de los primeros setenta (pp. 196-197) o que por fin alguien pueda proclamar “perfectamente razonable preferir a Carpentier, Rulfo, Monterroso o a Vargas Llosa” sobre Cela o Delibes (p. 6), quienes por otra parte no salen después nada mal parados de un libro que no se ensaña contra ningún escritor, y en donde se diría que el mayor correctivo que merecen algunos nombres es, sin más, el de ser omitidos (pero nadie está clamorosamente ausente). Además, uno podría preguntarse maliciosamente si es que Gracia y Ródenas están siempre de acuerdo, y existiría también la tentación de pensar que la lectura de este tomo casi sustituye no sólo la de la bibliografía exegética anterior, sino la de buena parte de las propias obras literarias comentadas, pero lo cierto es que ningún texto sustituirá nunca a otro, por bien resumido o diseccionado o evaluado que esté. Así que, aunque lo hagan tan bien, Gracia y Ródenas no están leyendo por todos nosotros sino que nos ofrecen la mejor síntesis general que conozco de la literatura española posterior a la guerra civil, un libro difícilmente superable, y nos demuestran que se necesitan varias vidas para leer todo lo que merece ser leído, algo que produce a la vez desasosiego, porque no habrá forma de ser exhaustivo, y alivio, porque nunca estaremos solos.
(Reseña publicada en Turia, nº 100 (noviembre de 2o11), pp. 417-420.)
jueves, 27 de octubre de 2011
'El intelectual melancólico', de Jordi Gracia

POR LO QUE PUEDA VENIR
El intelectual melancólico. Un panfleto
Jordi Gracia
Anagrama. Barcelona, 2011. 104 páginas.
En ese homenaje al sentido común titulado La flecha en el aire (Barcelona, Debate, 2o11), Ismael Grasa desconfía con razón del término “intelectual” (p. 46), y después defiende que "Paradójicamente […] el intelectual es a menudo una figura que acaba yendo contra los libros, porque en ellos ve reflejado su fracaso vital. Se traspasa al concepto de cierto antihéroe moderno, el hombre al que la cultura ha conducido a la indefinición, la amargura o el cinismo" (p. 91).
Son líneas que podrían leerse en este autodefinido “panfleto” con el que Jordi Gracia abre una nueva senda en su obra: siempre dentro del ensayo, de la crítica, pero con una vivacidad y una soltura a veces felizmente insolente que lo acercan al registro de sus reseñas de novedades literarias. Lo que leemos en estas cien páginas de arrebato no es en absoluto un análisis de la figura del intelectual, sino un retrato de ese aún no anciano pero ya crepuscular hombre de cultura que vaga decepcionado y resentido con el a su juicio insuficiente eco o aplauso que han recibido sus cosas, cuando hubiesen merecido mucho más clamor y permanencia en la memoria colectiva… (aunque, según acaba de observar Ernesto Schoo, la “única forma posible de inmortalidad” es “ingresar en el imaginario ciudadano”, y eso es algo casi inalcanzable para un escritor: en Mi Buenos Aires querido, Valencia, Pre-Textos, 2o11, p. 96).
No sé si Gracia estaba pensando en alguien concreto cuando escribió este menosprecio de la exaltación sistemática del pasado, esta decidida alabanza del futuro, pero no importa: es alguien que, educado en la España de los 50, desprecia Internet, irracionalmente convencido de que incluso eso era mejor antaño, y que lamenta el arrinconamiento de los clásicos griegos y latinos sin entender que casi todos aquellos escribieron lo que escribieron precisamente a favor de la curiosidad y la sabiduría activa y no nostálgica, para proclamar ese maravilloso "programa fundamental: hacer más feliz el presente" (p. 68).
Aunque Gracia también considera una desgracia el debilitamiento y desprotección social de las humanidades, creo que a veces peca de lo contrario de su intelectual melancólico y se muestra optimista en exceso con algunos artificios del futuro. No se puede negar que inevitablemente se van secando algunas fuentes, y aunque creo que lo que viene es siempre naturalmente mejor que lo que fue, y que el porvenir colectivo es siempre sinónimo de mejora e ilusión (el libro es, básicamente, una decidida refutación del “cualquiera tiempo pasado fue mejor”), el alejamiento de la tradición y de la naturaleza no deja de tener consecuencias preocupantes.
Pero el libro brilla también en la glosa a Steiner (pp. 30-35), en el modo en el que el autor incorpora las lecciones de las lecturas que se le cruzaron mientras redactaba lo suyo (las memorias de Tony Judt son más oportunas que el excelente libro de Roger Griffin, porque esta vez no estábamos hablando de fascismo), y, especialmente, al observar que “en la melancolía anida una impaciencia violenta y en ella crece una máquina de rencor contra el atropello del presente que padece el intelectual sensible” (p. 29).
[Ésta es la versión menos mala de la reseña aparecida ayer en Artes & Letras [Heraldo de Aragón], nº 354 (27 de octubre de 2o11), p. 3]
viernes, 14 de octubre de 2011
'Deshielo a mediodía', de Tomas Tranströmer

Deshielo a mediodía
Tomas Tranströmer
Traducción de Roberto Mascaró.
Nórdica Libros. Madrid, 2011. 218 páginas.
En su diarístico Autorretrato con radiador (Madrid, Árdora, 2oo6), el francés Christian Bobin, poco antes de comprender que "lo que encuentro es mil veces más bello que lo que busco" (p. 81), ha descubierto a un nuevo poeta, a quien no nombra, y se lanza a hacer un inventario muy íntimo: "Vamos a ver: ¿qué es lo que de verdad me trae al mundo, o mejor me vuelve a traer al mundo, ya que soy proclive a dejarlo continuamente?". Entre las únicas tres cosas que considera esa mañana de domingo, la menos melosa es "la lectura de un poeta sueco (una página, no más)". Por la tarde, en cambio, está ya del todo rendido tras haber continuado la lectura de esos versos: "Ya por dos veces me ha devuelto a la vida. Podría por lo menos, por cortesía, citar su nombre: Tomas (sin h) Tranströmer. Poeta sueco. La reseña dice que es psicólogo de profesión, que todavía vive, que en 1990 se volvió afásico. A veces uno de sus poemas viene a aletear a la altura de mis ojos, me da de comer con su pico y después se va, recuperado por la oscuridad de donde salía, de donde él saca su alimento –y por añadidura el mío" (pp. 49-50).
La segunda noticia llegó en abril de 2009, en una intervención del poeta chino Bei Dao en la Residencia de Estudiantes. Preguntado por los poetas contemporáneos que le interesaban, Dao afirmó que en verdad sólo admiraba entre los vivos al sueco Tranströmer. Fue entonces el momento de investigar y de enterarse de que en 1992 la editorial Hiperión había publicado la antología Para vivos y muertos, tres años después de su aparición en Suecia, y en versión de Roberto Mascaró y el zaragozano Francisco J. Uriz. Ese libro llevaba mucho tiempo agotado, así que hubo que recordar los cuatro poemas de Tranströmer que Uriz incluyó en Poesía Nórdica (Ediciones de la Torre, 1999), pero poco después se anunció que no quedaba mucho para que Nórdica Libros, tras el éxito de Entre luz y oscuridad de Harry Martinson, publicase una antología de la obra de aquel silencioso psicólogo poeta.
Ese libro se publicó en febrero de 2010 traducido por Mascaró y con el envidiable título de El cielo a medio hacer (que es también el de uno de los libros antologados), y, si bien en su día defendí en estas páginas que el libro de Martinson fue tal vez el mejor libro de poesía publicado en España a lo largo de 2009, no hay duda de que el de Tranströmer fue uno de los mejores de 2010, a pesar de ser lanzados ambos por una editorial no especializada en la publicación de versos (aunque sí es la más activa y tenaz en ese género entre todas esas editoriales todavía jóvenes pero ya imprescindibles que surgieron hace unos cinco años: han publicado ediciones ilustradas de Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, de La leyenda de Fatumeh del también sueco Gunnar Ekelöf y de Sin contar, una serie de miniaturas de W.G. Sebald que yo considero rotundamente poéticas).
Prologado con brillantez por Carlos Pardo, El cielo a medio hacer contenía un buen puñado de poemas extraordinarios (“Cara a cara”, “Llanura estival”, “Mayo tardío”, “Noche de diciembre ‘72”…) e incluía además, casi como apéndice, Visión de la memoria, el inacabado y estupendo libro de recuerdos del autor). Ahora, año y medio después, y de nuevo en versión en Mascaró (aunque esta vez en edición bilingüe), ve la luz Deshielo a mediodía, que recupera lo poco que quedó fuera en el anterior y completa, por tanto, la reunión de toda la poesía de Tranströmer en nuestro idioma. Tal vez, dado que su obra no es precisamente extensa, hubiese sido mejor publicarla entera desde el principio, en un solo volumen, y que cada lector hiciese su selección. De este modo, lo que tenemos ahora son dos libros parciales que recogen cronológicamente poemas de todos los títulos del poeta: en uno están los mejores y en el otro los demás, así que si aquél era un libro maravilloso, imprescindible en cualquier biblioteca de poesía, por pequeña que sea, éste se ha de conformar con ser “sólo” muy bueno.
La expectación y el apetito de más que produjo El cielo a medio hacer justifica la aparición de Deshielo a mediodía, que ha coincidido además con la feliz y justa concesión del Premio Nobel de literatura a Tranströmer la semana pasada. Existe, por tanto, el riesgo de que miles de curiosos que quieran acercarse al nuevo premiado comiencen por este libro más reciente y visible, aunque en él también van a encontrar páginas excelentes e intuiciones geniales, a veces en forma de haiku. Pero hay de todo: poemas sociales, poemas históricos, homenajes, poemas sobre arte, muchos sobre música, detalles surrealistas… Todo inspira movimiento, agitación, actividad, incluso las cosas inanimadas. Todo va cambiando, incluso el silencio. Todo está en tránsito, incluso la muerte. “Un puente es construido / lentamente: / derecho hacia el espacio” (p. 205).
(reseña publicada en 'Artes & Letras' ['Heraldo de Aragón'], nº 352 (13 de octubre de 2o11), p. 8)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

