DIONISIO RIDRUEJO, EN PÚBLICO Y EN PRIVADO

Pero si estos dos libros son hermanos es también porque ambos han sido
organizados por Jordi Amat, con la ventaja de haber contado en el caso de las Cartas íntimas desde el exilio con la ayuda de Jordi Gracia, que es desde
hace ya varios años el promotor de ese “esfuerzo más o menos reciente por
repensar su trayectoria [de Ridruejo]” del que habla Amat en su prólogo a Ecos de Múnich. Si éste aportó una
necesaria nueva lectura de Casi unas
memorias, Gracia ha dejado definitivamente editado Escrito en España, puso orden en un voluminoso e hiperinformativo
corpus de cartas (El valor de la
disidencia. Epistolario inédito de Dionisio Ridruejo), preparó unos Materiales para una biografía e incluso
relató La vida rescatada de Dionisio
Ridruejo, al margen de lo que ambos han escrito sobre el conspirador en
libros de tema más general (Las voces del
diálogo y La resistencia silenciosa o
Estado y cultura, respectivamente) y
en una frondosa bibliografía de artículos en la que uno ya comienza a
extraviarse.
Ahora Amat razona cuál era el
“proyecto vital” de Ridruejo hacia 1962, el espíritu con el que fue a la
reunión de Múnich: “dotar a los españoles de una conciencia política que los
encaminase a la asunción de una ciudadanía que debía desarrollarse en la Europa
de la libertad” (Ecos de Múnich, p.
20). Y así explicó él mismo a su mujer su satisfacción tras las conversaciones:
“Me parece –digan ahí [en España] lo que quieran– que lo sucedido en Múnich
tiene importancia: ha dado confianza a unos y a otros, ha roto el mito de la
incomunicabilidad de los dos mundos (fuera, dentro) y si Dios nos da salud a
los que hemos quedado aquí se convertirá en algo muy positivo. De momento, los
menos aprovechados del Gobierno estarán satisfechos habiéndonos pasado la culpa
de su propia incapacidad para negociar la entrada de España en el M[ercado]
C[omún], pero la verdad es que si ellos de verdad quisieran esa entrada
hubieran podido aprovechar lo que nosotros habíamos hecho dando a entender a
Europa que la democratización de España era posible. Ahora, después de golpear
a los que la preconizaban, eso ya no se lo cree nadie, y algún día se hablará
de su traición algo más de lo que ahora se habla de la nuestra” (Cartas íntimas desde el exilio, p. 30).
Éste es uno de los pocos fragmentos
de las cartas privadas en que Ridruejo aborda por extenso asuntos políticos.
Como explican Gracia y Amat en su presentación, y como comprueba el lector muy
pronto, lo que más bien hacía en esa correspondencia doméstica era quitar
importancia a sus viajes, justificar con conferencias o intervenciones en
congresos lo que en realidad eran movimientos dirigidos al desmantelamiento del
franquismo, silenciar reuniones y comunicados, callar detalles potencialmente
comprometedores en el caso de que la carta fuese interceptada. Y a lo que en
cambio dedicaba largos renglones era a enviar recuerdos para los familiares y
amigos, pedir determinadas prendas de ropa, vigilar en lo posible la educación
de sus hijos y, sobre todo, contar como despreocupadamente su vida en París
(que “es, como tú sabes, una ciudad donde basta con pasear por la calle para
estar interesado y contento. Pero es dura como todas las ciudades grandes”: p.
34). Es cierto que también importan mucho sus palabras llenas de seriedad en
relación a un anónimo editorial de Arriba
en el que se le atacaba salvajemente, y aquí, aparte de la reproducción de esa
agresión periodística, podemos leer la impecable respuesta del interesado, así
como la insólita carta que dirigió a Carlos Arias Navarro en cuanto se instaló
de nuevo en Madrid, para explicarle que había cruzado la frontera sin permiso
pero sin ninguna intención de esconderse
ni de que su vida en España fuese clandestina.
Aun así, no hay duda de que a los
interesados en la Historia les resultarán mucho más nutritivos los Ecos, pero los fanáticos de la
cotidianeidad subrayaremos más líneas de las Cartas. Por ejemplo su eficaz modo de expresar el cariño, aunque no
siempre consigue hacer muy creíble su desolación por la distancia: le pesan
mucho, sin duda, las estrecheces de su familia, pero es evidente que disfruta
su soledad y, convertido en un muchacho de cincuenta años, aprovecha con una
alegría muy íntima su libre albedrío. Un garbeo por Roma, por ejemplo, tiene un
efecto extraordinario en su ánimo: “me he sentido vivo como pocas veces,
diciéndole ‘sí’ a cada momento y a cada cosa. Es curioso que cuanto más viejo voy
haciéndome más positivo me es todo lo de la vida, más me conmueve y me exalta
todo, con momentos de una plenitud increíble. Creo que a veces, según paseo,
debo parecer tonto, sonriendo a las parejas que se quieren, a los gatos, a los
árboles o a los muros de tanta madurez. El presente se me hace completísimo y
la nostalgia no hace más que endulzarlo. Es como un estado de enamoramiento por
todo pero ya tranquilo, sin impaciencia de más” (p. 61), y su vida en París
debía de ser menos agitada de lo que sus maniobras parecerían indicar, pues
llega a alcanzar la suficiente paz y la capacidad contemplativa adecuada como
para volver a escribir poemas (p. 103).
“La idea de que tú y los niños estéis libres
de incomodidad es la ‘retaguardia’ que necesito para estar contento y llevar
todo con calma y decisión”, dice (p. 37), y se mantiene siempre leal al
compromiso (“No me siento con derecho a decidir nada sin contar contigo, pues
creo que ‘nuestra’ vida no es de cada uno de nosotros sino de los dos juntos”:
p. 53), pero también es muy consciente de estar descuidando a los suyos e
incluso recibe unas palabras de su suegra con reproches en ese sentido, “una
carta censoria y moral con alusiones al evangelio explicándome que me debo a mi
familia y que lo otro es pura vanidad. Acaso esté en lo cierto pero es un poco
tarde” (p. 94). Así, y aunque “leo y escribo y en conjunto hago la vida de
hurón que me gusta” (p. 97), de vez en cuando le sobreviene “una crisis de
ánimo de esas de las que más vale no hablar hasta que han pasado. En esas
crisis, como sabes muy bien, se junta todo. El cansancio físico y la impresión
de estar viejo –que por desgracia no me es frecuente [sic]–, la idea de que cuanto se
hace carece de sentido y de que las personas que nos rodean no tienen interés alguno
y de que uno mismo es un pobre iluso; la mala conciencia de ser pobre y no
saber –ni en el fondo querer– remediarlo; la de que uno fastidia y perjudica a
las personas que quiere y en cierto modo la de que se está solo –lo que en
momentos de optimismo no es grave– y sin ningún punto de apoyo verdadero: sin
ese centro de seguridad que nos afirma y que, si a mano viene, sirve para
descansar la debilidad sin mucha vergüenza” (p. 71).
Estas dos novedades editoriales, por
tanto, proponen dos modos muy distintos y complementarios de documentar las
andanzas de un mismo personaje en una determinada temporada, y ambos a partir
de sus propios textos: unos escritos para su difusión o su utilidad efectiva y
otros para no ser publicados jamás, pero todos escritos con esa magnífica y
sagaz prosa que caracterizó al de El Burgo de Osma. En unos volcó sus ideas y
sus directrices para terminar con la dictadura en España y en otros trató de
explicar a su familia que los sinsabores derivados de esa aventura y de esa
ausencia merecían la pena. En ellos se muestra, sin contradicciones, como un
hombre honesto que no carecía de picardía, como un conspirador infatigable y a
la vez ocioso, como un agitador político que leía novelas, veía películas y se
daba paseos.
[Reseña publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, nº 751 (enero de 2o13)]
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