(16 de noviembre de 2oo7: Parque Nacional de Thingvellir, en Islandia).
-¿Para qué sirven las espinas? El principito no renunciaba jamás a una pregunta una vez que la había formulado. Irritado por la resistencia que me oponía el perno, le respondí lo primero que se me ocurrió: -Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores. -¡Oh! Y después de un silencio, me dijo con una especie de rencor: -¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas… No le respondí nada; en aquel momento me estaba diciendo a mí mismo: "Si este perno me resiste un poco más, lo haré saltar de un martillazo". El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos: -¿Tú crees que las flores…? -¡No!, !No! Yo no creo nada! Te contesté cualquier cosa para que te calles. Tengo que ocuparme de cosas serias. Me miró estupefacto. -¡De cosas serias! Me miraba con mi martillo en la mano, los dedos llenos de grasa e inclinado sobre algo que le parecía muy feo. -Hablas como los adultos. Me avergonzó un poco. Pero él, implacable, añadió: -¡Lo confundes todo!… ¡Todo lo mezclas!… Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados. -Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y que jamás ha amado a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas y restas. Y todo el día se lo pasa repitiendo como tú: "¡Soy un hombre serio, soy un hombre serio!"… Al parecer esto le llena de orgullo. Pero para mí no es un hombre, ¡es un hongo! -¿Un qué? -¡Un hongo! El principito estaba pálido de cólera. -Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar de las espinas, se comen las flores. ¿Acaso no es serio averiguar por qué las flores pierden el tiempo fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante? El principito enrojeció y después continuó: -Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira las estrellas. Puede decir satisfecho: "Mi flor está allí, en alguna parte…" ¡Pero si el cordero se la come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¿Y esto no es importante? No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos. La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no importaban nada el martillo, ni el perno, ni la sed, ni la muerte. Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un pequeño príncipe a quien consolar. Lo tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: "La flor que tú amas no corre peligro… Dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la flor… Te…". No sabía qué decirle, cómo consolarle. Me sentía tan torpe que no sabía cómo llegar hasta él.
"Yo no quiero salvar mi alma. Sólo quiero salvar a un niño enfermo. La vida es un tablao flamenco. Pero también es una falsificación. Hay quienes jamás lo descubren. Pero no me importa el alma. Porque el alma es una ventana que puede cerrarse. No me interesa el alma. Sólo me interesa el calendario. Aunque no sepa en qué día me encuentro."
(Fernando Sanmartín, Heridas causadas por tres rinocerontes, Zaragoza, Xordica, 2oo8, p. 47).
(16 de noviembre de 2oo8: Sofía Castañón en Madrid)
Hablamos de la mañana ancha temiendo que conociesen nuestro secreto, que nos pasasen coches por encima al descubrir -ellos, que siempre van con prisa- que tenemos alquitrán en el pecho, que padecemos la gripe de los siameses o alguna otra alergia tan mortal como perder un órgano o un hueso hermano. La mañana ancha, el sol que parecía inofensivo, nosotros tan vivos y con tanto miedo.
"Hay un dolor inherente a la fotografía, ya que la fotografía refleja siempre un momento pasado, nunca un momento presente. Las fotos dan testimonio de cómo éramos, cómo vestíamos, cuál era nuestro entorno. Hacer retratos es, de alguna manera, coleccionar cadáveres."
(Alberto García-Alix habla con Mireia Sentís y José Luis Gallero, Madrid, La Fábrica, 2oo1, p. 14).