lunes, 5 de noviembre de 2012

'Canciones de Juan Perro', de Santiago Auserón



LO DE SIEMPRE, DE NUEVO

 

Canciones de Juan Perro
Santiago Auserón

Prólogo de Jenaro Talens. Salto de Página. Madrid, 2012. 160 páginas.


Uno no sabe mucho de nada y no sabe nada de muchas cosas, pero, aunque la música y su historia forma parte de la inmensidad de lo que ignora, de vez en cuando se asoma con curiosidad y provecho a ensayos sobre el tema (últimamente Alex Ross, Pascal Quignard, Eugenio Trías o ese ensayo sobre La música de los clásicos que el zaragozano Jorge Bergua Cavero acaba de publicar en Pre-Textos...), ante los que siempre se propone curiosear más, decidirse de una vez a saquear la discoteca de su padre (un melomano que opina que la música se terminó hacia 1880...) y recorrer metódicamente, siglo a siglo, los mejores sonidos obtenidos por la humanidad.

            Por otro lado, asomarme a la música supondría en realidad volver atrás en mi tiempo, pues mucho antes de los libros estuvieron las canciones, y, por ejemplo, el espíritu celebrativo y la inteligencia positiva de las letras de R.E.M., o la melancolía razonada de las de Counting Crows, han sido más importantes para mí que casi cualquier poema.

            Muchas veces la poesía de esas palabras es completamente inseparable de la melodía en que están sumergidas, pero otras veces esas 'lyrics' soportan perfectamente su traslado al papel, y leyéndolas en el negro sobre blanco de los libretos ya se muestran soberbias y convincentes, completas sin necesidad de pulsar el play. En ese sentido, uno de los mejores poetas aragoneses vivos se llama Santiago Auserón, y a las determinantes Canciones de Radio Futura (que Pre-Textos publicó en 1999), se añaden ahora, gracias a la meritoria nueva colección de poesía de Salto de Página, estas Canciones de Juan Perro, y de nuevo con presentación de Jenaro Talens. Tal vez sea por prosaicas cuestiones generacionales, pero en mi opinión éstas son todavía mejores que aquéllas, más sabias y ricas, más conscientes de su profundidad..

            Se ha destacado muy a menudo lo que Auserón, desde su proyecto "La huella sonora", tiene de investigador, de historiador de las raíces de la música popular. Sus canciones no sólo suponen un eslabón que amplía y enriquece ese caudal imparable, sino que se convierten en una revisión erudita de los ritmos y sones de las distintas tradiciones, fundamentalmente hispánicos y latinos, especialmente caribeños, pero también africanos o árabes, todo lo cual, unido a su decisivo protagonismo en la formación del imaginario cultural español de los 80 (Radio Futura fue parte constitutiva de aquellos años, y su repertorio es uno de los que con mayor firmeza y solidez han perdurado) le hizo merecedor en 2011 del Premio Nacional de Músicas Actuales.

            Basta leer el precioso epílogo que Auserón ha escrito para este libro para hacerse cargo de la honda conciencia con la que trabaja, para confirmar que su talento compositor está acompañado de sabiduría teórica, que la intuición instintiva y silvestre del creador no es incompatible con el conocimiento sereno del analista. Pero él sugiere más diferencias de las tal vez necesarias entre canción y poema: aparte de la certeza de que el origen de la poesía es musical, el único condicionamiento a veces indeseado que la música imponía era el de la rima, y en nuestro tiempo cada vez más letristas se atreven con el verso libre (el propio Auserón lo ha hecho, como en la estupenda "La noche de fuego"), y más músicos escriben pentagramas para poemas que jamás imaginaron ser cantados (y en ese sentido es justo destacar el magnífico trabajo del también zaragozano Gabriel Sopeña).

            Con el mismo desenfado con el que hace treinta años Auserón escribió páginas de un idioma urbano que hoy son himnos, con su disfraz trovadoresco de Juan Perro lleva dos décadas explorando y continuando sin complejos una simbología remota. Exigente con quien le escucha (estamos hablando de un poeta sencillo, no de un poeta fácil), logra decir cosas nuevas e incluso insólitas con los pocos materiales de siempre, forjados en comunidades pequeñas y con un entorno de referencias limitado y siempre repetido que, paradójicamente, amplía las posibilidades del poeta no aturdido por la abundancia bulímica de la modernidad. Canciones como "Esta tierra no tiene corazón", "El agua de los ríos", "Cántaro roto" o esa impagable canción de cuna titulada "Duerme zagal" son infinitamente ricas en su sencillez y su aparente ingenuidad. Éstos y otros más sugerentes y menos accesibles, como "Yo te cito", son poemas de amor, temor y muerte que hablan con laboriosa humildad de todo lo que importa, recurriendo a claves tradicionales que no repelen elementos modernos o referencias históricas y que entremezclan sin conflictos humor y seriedad, levedad y circunspección, alegría y misterio. Todo lo que conforma la corriente principal del río infinito de la poesía.

 
[Reseña publicada en Clarín, nº 100 -marzo-abril 2012-]